EL HOLANDÉS VOLADOR



El fútbol para el escritor Daniel Vázquez Sallés, hijo de Manuel Vázquez Montalbán, cambió a los 7 años, cuando Cruyff tocó el balón con la punta de la bota en el aire y se convirtió en dios.

Daniel Vázquez Sallés
Revista Líbero
Número 56
Primavera '26

Hasta que cumplí los 7 años, el fútbol era el rumor de un gol en la distancia y el humo de los cigarrillos y el sonido del cristal de los vasos de los que habían vuelto del campo junto a mis padres, y se habían instalado en una sala de estar en la que las palabras y se habían instalado en una sala de estar en la que las palabras ganaban en velocidad y las vocales iban perdiendo su redondez a cada trago de alcohol injerido. Hasta que cumplí los 7 años, el fútbol lo viví desde la cama de mi habitación del piso que mis padres tenían alquilado a una cuadra del Camp Nou. Con la ventana abierta, podía oír los goles cantados por los culés, o los silencios, cuando el resultado condenaba al equipo a un purgatorio dominical, o los silbidos, cuando el Barça bajaba a los infiernos de la derrota. En aquellos años del tardo franquismo, el fútbol se jugaba en domingo y a las cinco de la tarde. La vida tenía otro ritmo, y la luz era de un color insaturado, como lo eran los sueños de instaurar, por fin, una España democrática y, quizás, republicana.

El fútbol dejó de ser lejanía cuando llegó Johan Cruyff al FC Barcelona, aunque siguieron las tertulias a las que me fui incorporando poco a poco, y en riguroso silencio, con mi vaso colmado de una tónica Schweppes saturada de quinina para no ser menos, aunque sin permiso de borrachera de los mayores. No sé por qué razón, pero mis padres decidieron que a los 7 años ya podían llevarme al fútbol para que yo pudiera disfrutar de un jugador holandés que había llegado al Barça para recuperar los honores perdidos durante los aciagos años sesenta. Por sus victorias y sus favores a la patria, el NODO se había dedicado a dignificar las glorias del Real Madrid, cuyo himno cantaba estridente: Noble y bélico adalid, caballero del honor. ¡Hala Madrid!. Y con Johan Cruyff, todo cambió. Con el holandés en las filas del Barça, el fútbol volvió a los patios de las escuelas barcelonesas, e íbamos locos por encontrar en los sobres de los cromos que nos compraban nuestros padres en los quioscos la efigie del número 9, la del gran mariscal de campo que había conseguido sacar del centro psiquiátrico a una institución deprimida. El Barça ganó la liga 73/74, y el cruyffismo alcanzó tal magnitud, que los devotos azulgranas le hicieron santo y los niños cambiamos la letra al Fum, Fum, Fum, villancico tradicional catalán. 
En lugar de cantar: 

"A vint-i-cinc de desembre 
fum, fum, fum 
Ha nascut un minyonet 
ros i blanquet, ros i blanquet; 
Fill de la Verge Maria, 
n'és nat en una establia.
Fum, fum, fum", 

cantábamos: 
"A vint-i-cinc de desembre 
fum, fum, fum 
Ha vingut un holandès 
ros i blanquet, ros i blanquet; 
Per jugar al Barcelona
perquè no baixés a segona. 
Fum, fum, fum". 

Con Cruyff, desaparecieron los niños que querían jugar de defensas y las delanteras se llenaron de nueves, incapaces, la mayoría, de copiar el cambio de ritmo y la agilidad de ese holandés nacido para romper el orden establecido en el fútbol español. En mi caso, que amo el Barça casi como a mis hijos, merecí, ya en tiempos de partidos jugados entre solteros y mal casados, el apelativo de Hristo Estorbo.

Tal fue su jurisprudencia en mi planeta futbolístico, que me hice un ferviente seguidor de la selección holandesa en el capaz de cantar de memoria la alineación de un equipo, y el mundial celebrado en Alemania el verano de 1974. Solo soy honor compartido, por cierto, con muchos miembros de mi generación, se lo lleva la selección holandesa. Jongbloed, Suurbier, Rijsbergen, Haan, Krol, Jansen, Neeskens, van Hanegem, Rep, Cruyff y Rensenbrink. La puedo decir sin titubear aún ahora, a los 59 años, a las siete de la tarde de un viernes de febrero, y aún recuerdo cómo lloré cuando perdió la final frente al equipo capitaneado por Franz Beckenbauer. Salí al jardín de casa de mis abuelos situada en el pueblo de La Garriga y me senté desolado en el escalón que moría a los pies de un sauce tan llorón como yo. Jamás la derrota ha sabido tanto a victoria, razón por la que la herida aún supura en mi memoria de infante envejecido.

No sé por qué razón, pero mis padres decidieron que
a los 7 años ya podían llevarme al fútbol para que yo
pudiera disfrutar de un jugador holandés que había
llegado al Barça para recuperar los honores perdidos
durante los aciagos años sesenta.

Si fue un superdotado como jugador, como técnico fue 
un avanzado por darle al fútbol la misma métrica en 
el campo que los grandes compositores románticos, 
Schubert, Litz, Schumann, Mahler, en el pentagrama.

Cruyff y Rinus Michels, el entrenador, moldearon y lideraron uno de los equipos que hicieron del fútbol total, un canto a la belleza imperecedera. Un reloj perfecto, cuyas agujas lograron ensalzar el sentido del tiempo hasta convertirlo en un tic tac inmortal. Cruyff jamás volvió a jugar un mundial, y nunca tuve la oportunidad de contradecir a mi padre, el cual aseguraba que el mejor equipo que había existido en la historia del fútbol era el Brasil liderado por Pelé. El de la Copa del Mundo de 1970. El de los Jarzinho, Rivelinho, Tostao y, por supuesto, Pelé. Yo jugué a cara, él a cruz, y salió mi cruz. A pesar de todo, Holanda ha hecho de su derrota una victoria pertinaz.

Cuando Cruyff volvió del Mundial nada volvió a ser en el Barça como aquella prodigiosa temporada 73/74, y cuando se fue en verano de 1978, dejó más huella en nuestros corazones que trofeos en las vitrinas del club. Pero volvió como entrenador para salvar al nuñismo y quitarle al club la pátina melancólica del jugador que tiene una carta en la manga y la pierde cuando está a punto de construir un póker ganador. Uno de los mejores equipos de la historia del fútbol, el FC Barcelona dirigido por Pep Guardiola, no hubiera existido sin el magisterio del maestro Johan, un ideólogo del fútbol cuya importancia teórica y espiritual merecerían situarlo en el olimpo de los grandes. Si fue un por superdotado como jugador, como técnico fue un avanzado darle al fútbol la misma métrica en el campo que los grandes compositores románticos, Schubert, Litz, Schumann, Mahler, en el pentagrama.

Cruyff murió demasiado joven por culpa de los cigarrillos fumados durante sus años pletóricos, nicotina que su pulmón absorbía, incluso, durante los descansos de los partidos cuando era el 14 de Holanda o el 9 del Barça. Pero en el nuevo Camp Nou, sigue volando por el césped su maestrazgo como voló aquel domingo para marcarle con la punta de la bota un gol antológico al portero del Atlético de Madrid, Miguel Reina. Ese día yo estaba en el campo, y al volver a casa, el gol fue celebrado con risas, humo y alcohol -yo con mi chute de quinina- convencidos de haber vivido un instante de los que dan sentido a la vida. El instante en el que el holandés volador se convirtió en dios.

***

L'OLANDESE VOLANTE

Per lo scrittore Daniel Vázquez Sallés, figlio d'arte di Manuel Vázquez Montalbán, il calcio è cambiato all’età di 7 anni, quando Cruijff ha sfiorato il pallone con il tacco esterno mentre era in aria ed è diventato un dio.

Daniel Vázquez Sallés
Revista Líbero
Número 56
Primavera '26

Fino a quando non ho compiuto 7 anni, il calcio era il rumore di un gol in lontananza, il fumo delle sigarette e il tintinnio dei bicchieri di chi era tornato dallo stadio insieme con i miei genitori, e si erano sistemati in salotto dove le parole acquistavano velocità e le vocali perdevano la loro rotondità a ogni sorso di alcool ingerito. Fino a quando non ho compiuto 7 anni, ho vissuto il calcio dal letto della mia cameretta nell’appartamento che i miei genitori avevano affittato a un isolato dal Camp Nou. Con la finestra aperta, riuscivo a sentire i gol cantati dai tifosi del Barça, o i silenzi, quando il risultato condannava la squadra a un purgatorio domenicale, o i fischi, quando il Barça scendeva negli inferi della sconfitta. In quegli anni del tardo franchismo, il calcio si giocava la domenica alle cinque del pomeriggio. La vita aveva un altro ritmo, e la luce era di un colore insaturo, come i sogni di instaurare, finalmente, una Spagna democratica e, forse, repubblicana.

Il calcio smise di essere un mondo lontano quando Johan Cruijff arrivò al Barcellona, anche se continuarono le chiacchierate alle quali mi univo a poco a poco, in rigoroso silenzio, con il mio bicchiere colmo di una Schweppes al chinino per non essere da meno, pur senza il permesso di ubriacarmi concesso agli adulti. Non so per quale motivo, ma i miei genitori decisero che a 7 anni potevano già portarmi alla partita per farmi godere di un giocatore neerlandese che era arrivato al Barça per ritrovare gli allori perduti durante i fatidici anni Sessanta. Per le sue vittorie e i suoi favori alla patria, il NODO (*) si era dedicato a esaltare le glorie del Real Madrid, il cui inno cantava a squarciagola: "Nobile e bellicoso paladino, cavaliere d’onore. ¡Hala Madrid!". Ma con Johan Cruijff, tutto cambiò. Con il neerlandese nelle file del Barça, il calcio tornò nei cortili delle scuole di Barcellona, e noi impazzivamo per trovare nelle bustine delle figurine che i nostri genitori ci compravano in edicola l'effigie del numero 9, quella del grande maresciallo di campo che era riuscito a tirare fuori dal manicomio un'istituzione depressa. Il Barça vinse il campionato '73/74, e il cruyffismo raggiunse una tale portata che i devoti azulgrana lo resero santo e noi bambini cambiammo il testo del Fum, Fum, Fum, il tradizionale canto natalizio catalano. (**) 
Invece di cantare:

"Il venticinque dicembre, 
hum, hum, hum
È nato un bambino, 
biondo e candido, biondo e candido;
Figlio della Vergine Maria, 
è nato in una stalla.
“Oh, oh, oh”, 

cantavamo:
"Il venticinque dicembre, 
oh, oh, oh
È arrivato un olandese 
biondo e bello, biondo e bello;
Per giocare nel Barcellona,
così non retrocede in serie B.
Oh, oh, oh."

Con Cruijff, i bambini che volevano giocare come difensori scomparvero e le linee d'attacco si riempirono di numeri nove, la maggior parte dei quali incapaci di tenere il passo e l'agilità di quel nederlandese nato per rompere l'ordine costituito nel calcio spagnolo. Nel mio caso, dato che amo il Barça quasi quanto i miei figli, mi sono guadagnato il soprannome di Hristo Estorbo (***) ai tempi delle partite tra scapoli e ammogliati.

Tale era la loro giurisprudenza nel mio mondo calcistico che divenni un fervente sostenitore della nazionale neerlandese, e capace di recitarne a memoria la formazione che partecipò ai Mondiali disputati in Germania Ovest nell’estate del 1974. Sono, tra l’altro, uno dei tanti della mia generazione a condividere tale onore: Jongbloed; Suurbier, Rijsbergen, Haan, Krol; Jansen, Neeskens, van Hanegem; Rep, Cruijff e Rensenbrink. Posso ancora dirlo senza esitazione ora, a 59 anni, alle sette di sera di un venerdì di febbraio, e ricordo ancora come piansi quando perse la finale contro la squadra di casa capitanata da Franz Beckenbauer. Uscii nel giardino della casa dei miei nonni, situata nel paesino di La Garriga, e mi sedetti, desolato, sul gradino che terminava ai piedi di un salice piangente quanto me. Mai una sconfitta ha avuto il sapore di una vittoria, motivo per cui la ferita continua a sanguinare nella mia memoria di bambino ormai invecchiato.

Non so per quale motivo, ma i miei genitori decisero che
a 7 anni potevano già portarmi a vedere la partita affinché io
potessi godermi un giocatore olandese che era
arrivato al Barça per ritrovare gli allori perduti
durante i funesti anni Sessanta.

Se come giocatore era un fuoriclasse, come allenatore fu
un precursore nel dare al calcio la stessa metrica sul
campo che i grandi compositori romantici,
Schubert, Liszt, Schumann, Mahler, davano sul pentagramma.

Cruijff e Rinus Michels, l’allenatore, plasmarono e guidarono una delle squadre che fecero del calcio totale un inno alla bellezza imperitura. Un orologio perfetto, le cui lancette riuscirono a esaltare il senso del tempo fino a trasformarlo in un ticchettio immortale. Cruyff non giocò mai più un mondiale, e non ebbi mai l’occasione di contraddire mio padre, il quale sosteneva che la migliore squadra che fosse mai esistita nella storia del calcio fosse il Brasile guidato da Pelé. Quello dei Mondiali del 1970. Quello di Jarzinho, Rivelinho, Tostão e, ovviamente, Pelé. Io ho puntato su testa, lui su croce, ed è uscita la mia, di croce. Nonostante tutto, l’Olanda ha trasformato la sua sconfitta in una vittoria tenace.

Quando Cruijff tornò dai Mondiali, al Barça nulla fu più come in quella prodigiosa stagione '73/74, e quando se ne andò, nell’estate del 1978, lasciò un segno più profondo nei nostri cuori che nei trofei nelle bacheche del club. Tornò però come allenatore per salvare il “nuñismo” e togliere al club la patina malinconica del giocatore che ha una carta nella manica e la perde quando sta per calare una scala reale vincente. Una delle migliori squadre della storia del calcio, il Barcellona allenato da Pep Guardiola, non sarebbe esistita senza il magistero del maestro Johan, un ideologo del calcio la cui importanza teorica e spirituale meriterebbe di collocarlo nell'olimpo dei grandi. Se come giocatore è stato un fuoriclasse, come allenatore è stato un precursore nel dare al calcio la stessa metrica sul campo che i grandi compositori romantici, Schubert, Liszt, Schumann, Mahler, davano sul pentagramma.

Cruijff è morto troppo giovane a causa delle sigarette fumate durante i suoi anni d'oro, nicotina che i suoi polmoni assorbivano, persino durante gli intervalli delle partite, quando era il numero 14 dell'Olanda o il numero 9 del Barça. Ma nel nuovo Camp Nou, la sua maestria continua a volare sul prato come lui volò quella domenica per segnare con il tacco esterno della scarpetta un gol da antologia al portiere dell'Atlético di Madrid, Miguel Reina (papà di Pepe, ndr). Quel giorno ero in campagna e, una volta tornato a casa, il gol venne celebrato tra risate, fumo e alcool – io con il mio bicchierino di chinino – convinti di aver vissuto uno di quei momenti che danno un senso alla vita. Il momento in cui l’Olandese Volante è diventato un dio.


NOTE:

(*) Il NO-DO (acronimo di Noticiarios y Documentales) era il notiziario cinematografico obbligatorio proiettato nei cinema spagnoli tra il 1942 e il 1976 (e volontariamente fino al 1981) durante la dittatura franchista. Strumento centrale di propaganda, diffondeva l'ideologia del regime, mostrando le realizzazioni del governo e la vita sociale dell'epoca.

(**) Fum, Fum, Fum, popolarmente conosciuto in catalano come El vint-i-cinc de desembre, è un tradizionale canto natalizio catalano di autore anonimo e le cui origini risalgono forse al XVI-XVII secolo. La parola fum, che in catalano significa "fumo", ha un suono onomatopeico che ricorda quello di un tamburo o di una chitarra.

(***) - "Hristo Estorbo" è un soprannome ironico nato in Spagna. Alla lettera significa "Hristo l'Intralcio" o "Hristo l'Ostacolo". È un gioco di parole creato dal giornalista Albert Om per descrivere scherzosamente un amico che, giocando come centravanti, in campo era più un ostacolo che un aiuto, citando ironicamente il famoso attaccante bulgaro del Barcellona, Hristo Stoichkov. In sintesi, è un modo sarcastico per definire qualcuno che "impiccia" o è d'intralcio in un contesto sportivo o di gioco.

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