«SALID Y DISFRUTAD»
Cuando el relato se centra en la figura de Johan Cruyff, en sus gestos creativos y en sus "milagros" como entrenador, el lenguaje se acerca al de la religión: existe un profeta, una revelación y una comunidad de fieles.
Por Jordi Puntí
Revista Líbero
Numero 56
Primavera 26
En mayo de 1996, pronto hará 30 años, Johan Cruyff fue destituido como entrenador del FC Barcelona. Atrás quedaban ocho temporadas innovando en el juego, con cuatro ligas y una Copa de Europa como títulos más importantes, pero sobre todo con un legado que hoy en día sigue vivo: el cruyffismo. La eclosión del llamado Dream Team a través de una idea del fútbol asociada a una identidad colectiva y a un sistema de valores - un ADN blaugrana, según la metáfora utilizada a menudo - vertebró todas las categorías del club y alimentó una escuela, la Masia, que aseguraba la supervivencia de un estilo. Al principio, con Cruyff sustituido por Bobby Robson y combatido por el presidente Josep Lluís Núñez, el cruyffismo no lo tuvo fácil, pero la idea ya había calado en la mayoría de aficionados y con el tiempo se convirtió en la vara de medir el éxito. "Prefiero jugar bien que ganar", había dicho Cruyff, y ese estilo era una filiación que no se discutía. La fe en una idea pasaba por encima de los resultados, incluso cuando se ganaban ligas, como en el caso de los años de Louis van Gaal, silbado por su mal carácter y un planteamiento con un juego efectivo pero no siempre vistoso (bueno, y por demostrar que ser holandés y jugar con muchos futbolistas holandeses no era sinónimo de ser cruyffista).
Hoy, tras tres décadas y varias generaciones de jugadores perpetuando una tradición, quizá debamos preguntarnos: ¿qué es el cruyffismo: una filosofía o una religión? Al fin y al cabo no es ninguna casualidad que existan, entre muchos otros, dos documentales de título similar: 'Cruyff, el profeta del gol' (1974) y 'Cruyff, el poeta del gol' (1991). La filosofía y la religión comparten un interrogante fundacional - el sentido de la vida -, pero divergen en el método. Allí donde la religión pide fe, adhesión y reverencia, la filosofía exige duda, discusión y revisión de sus propios principios. Una religión tiende a fijar un dogma; una filosofía, a formular un sistema abierto que sólo se mantiene vivo si es cuestionado. Como recordaba Karl Popper, "lo que no puede ser refutado no es científico". Tampoco filosófico: sin crítica, el pensamiento se convierte en simple creencia ciega. Aplicado al cruyffismo, el debate no es menor. Cuando el relato se centra en la figura de Johan Cruyff, en sus gestos creativos y en sus "milagros" como entrenador, el lenguaje se acerca al de la religión: existe un profeta, una revelación y una comunidad de fieles dispuestos a preservar el mensaje. Pero cuando la atención se desplaza hacia las ideas de juego-la posesión, el espacio, el riesgo, la interpretación colectiva-, así como su evolución en manos de continuadores como Rijkaard, Guardiola, Luis Enrique, Arteta o Xavi, el cruyffismo se asemeja más a una escuela filosófica que a un culto.
En 1938, otro holandés, el historiador Johan Huizinga publicó 'Homo ludens', un libro esencial para comprender la relación del ser humano con el juego. Según Huizinga, cuando el hombre juega lo hace como si fuera un niño, por placer y libremente. La tensión es inseparable de la felicidad que se consigue. "Salid y disfrutad": esas fueron las famosas palabras de Cruyff a sus jugadores en el vestuario del Barça, justo antes de jugar (y ganar) su primera Copa de Europa. Esta celebración del futbol como motor de felicidad y alegría, que se contagia de los jugadores a los aficionados, es la base de la historia de amor entre el Barça y Cruyff, un ascendente en el imaginario colectivo blaugrana que a grandes rasgos se desplegó en dos etapas.
La primera empieza el 29 de octubre de 1973. Ese día Cruyff debutó con el Barça frente al Granada y marcó dos goles. Hacía 14 años que no se conseguía la liga. Cruyff revolucionó a un club que languidecía bajo la mortificación del régimen franquista y una tendencia innata al pesimismo. "Aquest any tampoc", solía decir el aficionado culé. Cruyff estuvo en el Barça sólo cinco años. Jugó 184 parti- dos oficiales, marcó 51 goles y dejó una Liga que el mundo blaugrana recuerda por el 0-5 frente al Real Madrid en el Bernabeu. Quizá brilló más de forma individual que colectiva, pero su paso puede verse como un prólogo necesario para los éxitos del futuro.
Su segunda etapa, como entrenador del Dream Team entre 1988 y 1996, fue la que consolidó su ideario y, más importante, dejó discípulos. Alrededor de un grupo futbolístico y humano de primer nivel -Guardiola, Begiristain, Koeman, Eusebio, Bakero, Laudrup, Cruyff construyó un equipo ganador. El juego por las bandas o el dominio de los llamados "peloteros" fueron algunas de sus aportaciones, pero sobresalía la figura del medio centro, una dinastía que la Masia supo consolidar: Amor, Milla, Guardiola, Xavi, Celades, Cesc, Busquets y tantos otros, que hoy se aseguran un futuro con la figura de Marc Bernal.
En esta etapa, Cruyff escribió con su particular forma de hablar un vademecum del cruyffismo tal como lo entendemos hoy en día. Su mezcla de sentido común y surrealismo lingüístico traducía el sentimiento barcelonista. "El balón tiene que ser tu amigo", decía. "Si tú tienes el balón, el rival no lo tiene", decía. "El dinero debe estar en el campo, no en el banco", decía. Asimismo, siempre he pensado que, gracias a la eclosión del Dream Team, el cruyffismo también trajo una nueva forma de contar el fútbol. Fue como si las gestas deportivas reclamaran un articulismo más intelectual, más sentimental aunque con cierta distancia irónica, que se desmarcaba de la tradicional crónica deportiva. Manuel Vázquez Montalbán había inventado una nueva forma de escribir sobre fútbol, de analizar la actualidad de un club de historia tan tormentosa como el Barça, y a él se añadieron firmas como Sergi Pàmies, Juan Villoro, Enrique Vila-Matas, Jorge Valdano o, desde la rivalidad blanca, Javier Marías. Luego, cuando el estilo cruyffista llegó a la selección española de Del Bosque y para fijar cierto distanciamiento se rebautizó como tiki-taka, esa mirada literaria sobre el fútbol se hizo más general.
Como toda religión o filosofía, esta panorámica también que convivió con el cruyffismo: debe reflejar al gran espíritu libre Lionel Messi. Su genio individual podría haberlo liquidado, quizás por innecesario, pero jugando para el equipo sus años en el Barça reforzaron desde varias posiciones el ideario del holandés. Así, tras la muerte de Johan Cruyff, lo que le ha sobrevivido es su influencia, cada día mejorada y adaptada a los nuevos tiempos. Una tradición para que cada partido los aficionados sepan disfrutar del juego del fútbol.
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«USCITE E DIVERTITEVI»
Quando il racconto si concentra sulla figura di Johan Cruijff, sui suoi gesti creativi e sui suoi «miracoli» come allenatore, il linguaggio si avvicina a quello della religione: ci sono un profeta, una rivelazione e una comunità di fedeli.
di Jordi Puntí
Rivista Líbero
Numero 56
Primavera 26
Nel maggio del 1996, tra poco saranno 30 anni, Johan Cruijff fu esonerato dalla carica di allenatore del Barcellona. Alle sue spalle c’erano otto stagioni di innovazione nel gioco, con quattro campionati (consecutivi, ndr) e una Coppa dei Campioni come titoli più importanti, ma soprattutto con un’eredità che oggi continua a vivere: il cruyffismo. La nascita del cosiddetto Dream Team attraverso un'idea di calcio associata a un'identità collettiva e a un sistema di valori – un DNA blaugrana, secondo la metafora spesso utilizzata – ha dato struttura a tutte le categorie del club e ha alimentato una scuola, la Masia, che garantiva la sopravvivenza di uno stile. All'inizio, con Cruijff rimpiazzato con Bobby Robson e osteggiato dal presidente Josep Lluís Núñez, il cruyffismo non ha avuto vita facile, ma l'idea aveva già fatto breccia nella maggior parte dei tifosi e col tempo è diventata il metro di misura del successo. «Preferisco giocare bene piuttosto che vincere», aveva detto Cruijff, e quello stile era un credo fuori discussione. La fede in un'idea prevaleva sui risultati, anche quando si vincevano i campionati, come nel caso degli anni di Louis van Gaal, fischiato per il suo carattere difficile e per un approccio basato su un gioco efficace ma non sempre spettacolare (beh, e per aver dimostrato che essere neerlandese e schierare molti giocatori neerlandesi non era sinonimo di essere cruyffista).
Oggi, dopo tre decenni e diverse generazioni di giocatori che hanno perpetuato una tradizione, forse dovremmo chiederci: che cos'è il cruyffismo: una filosofia o una religione? Dopotutto non è un caso che esistano, tra molti altri, due documentari dal titolo simile: 'Cruyff, il profeta del gol' (1974) e ‘Cruyff, il poeta del gol’ (1991). La filosofia e la religione condividono un interrogativo fondamentale – il senso della vita –, ma divergono nel metodo. Laddove la religione richiede fede, adesione e riverenza, la filosofia esige dubbio, discussione e revisione dei propri princìpi. Una religione tende a fissare un dogma; una filosofia, a formulare un sistema aperto che si mantiene vivo solo se viene messo in discussione. Come ricordava Karl Popper, «ciò che non può essere confutato non è scientifico». Né filosofico: senza critica, il pensiero si trasforma in semplice credenza cieca. Applicato al cruyffismo, il dibattito non è da poco. Quando il racconto si concentra sulla figura di Johan Cruijff, sui suoi gesti creativi e sui suoi «miracoli» come allenatore, il linguaggio si avvicina a quello della religione: ci sono un profeta, una rivelazione e una comunità di fedeli disposti a preservarne il messaggio. Ma quando l'attenzione si sposta sulle idee di gioco – il possesso palla, lo spazio, il rischio, l'interpretazione collettiva – e sulla loro evoluzione nelle mani di eredi come Rijkaard, Guardiola, Luis Enrique, Arteta o Xavi, il cruyffismo assomiglia più a una scuola filosofica che a un culto.
Nel 1938, un altro neerlandese, lo storico Johan Huizinga, pubblicò “Homo ludens”, un libro fondamentale per comprendere il rapporto dell'essere umano con il gioco. Secondo Huizinga, quando l'uomo gioca lo fa come se fosse un bambino, per piacere e liberamente. La tensione è inseparabile dalla felicità che se ne ricava. «Uscite e divertitevi»: queste furono le famose parole di Cruijff ai suoi giocatori nello spogliatoio del Barça, proprio prima di giocare (e vincere) la sua prima Coppa dei Campioni. Questa celebrazione del calcio come motore di felicità e gioia, che si trasmette dai giocatori ai tifosi, è alla base della storia d’amore tra il Barça e Cruijff, una figura di riferimento nell’immaginario collettivo blaugrana la quale, a grandi linee, si è sviluppata in due fasi.
La prima inizia il 29 ottobre 1973. Quel giorno Cruijff debuttò con il Barça contro il Granada e segnò due gol. Erano 14 anni che non si vinceva il campionato. Cruijff rivoluzionò una società che languiva sotto l'oppressione del regime franchista e un'innata tendenza al pessimismo. «Anche quest'anno niente», diceva spesso il tifoso blaugrana. Cruijff rimase al Barça solo cinque anni. Giocò 184 partite ufficiali, segnò 51 gol e lasciò un campionato che il mondo blaugrana ricorda per lo 0-5 sul Real Madrid al Bernabéu. Forse brillò più a livello individuale che collettivo, ma il suo passaggio può essere visto come un prologo necessario per i futuri successi.
La sua seconda fase, come allenatore del (cosiddetto) Dream Team tra il 1988 e il 1996, è stata quella che ne ha consolidato la filosofia e, cosa più importante, ha lasciato dei discepoli. Attorno a un gruppo calcistico e umano di prim’ordine – Guardiola, Begiristain, Koeman, Eusebio, Bakero, Laudrup – Cruijff ha costruito una squadra vincente. Il gioco sulle fasce o il dominio dei cosiddetti “peloteros” furono alcuni dei suoi contributi, ma spiccava la figura del centrocampista, una dinastia che la Masia seppe consolidare: Amor, Milla, Guardiola, Xavi, Celades, Cesc, Busquets e tanti altri, che oggi si assicurano un futuro con la figura di Marc Bernal.
In questa fase, Cruijff ha scritto con il suo modo particolare di parlare un vademecum del cruyffismo così come lo intendiamo oggi. Il suo mix di buon senso e surrealismo linguistico traduceva il sentimento barcelonista. “Il pallone deve essere tuo amico”, diceva. “Se hai tu il pallone, non ce l'ha l'avversario”, diceva. «I soldi devono stare in campo, non in banca», diceva. Allo stesso modo, ho sempre pensato che, grazie alla nascita del Dream Team, il «cruyffismo» abbia portato con sé anche un nuovo modo di raccontare il calcio. Era come se le testate sportive richiedessero un giornalismo più intellettuale, più sentimentale ma con una certa ironica distanza, che si distaccasse dalla tradizionale cronaca sportiva. Manuel Vázquez Montalbán aveva inventato un nuovo modo di scrivere di calcio, di analizzare l'attualità di un club dalla storia così tormentata come il Barça, e a lui si aggiunsero firme come Sergi Pàmies, Juan Villoro, Enrique Vila-Matas, Jorge Valdano o, dalla rivalità bianca, Javier Marías. Poi, quando lo stile cruyffista raggiunse la nazionale spagnola di (Vicente) Del Bosque e, per marcare una certa distanza, si ribattezzò tiki-taka, quello sguardo letterario sul calcio si fece più diffuso.
Come ogni religione o filosofia, anche questa visione convisse con il cruyffismo: deve riflettere il grande spirito libero di Lionel Messi. Il suo genio individuale avrebbe potuto annientarlo, forse perché superfluo, ma giocando per la squadra i suoi anni al Barça hanno rafforzato da diverse posizioni l'ideologia del neerlandese. Così, dopo la morte di Johan Cruijff, ciò che gli è sopravvissuta è la sua influenza, ogni giorno migliorata e adattata ai nuovi tempi. Una tradizione affinché a ogni partita i tifosi sappiano godersi il gioco del calcio.

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