Subiendo como el Chava Jiménez


Chava Jiménez 
(Foto: Cordon Press)


Escrito por Cristóbal Villalobos el 01/05/2026

Recuerdo aquella cuesta. Empinadísima. Fantaseábamos con el nivel de pendiente, pero no sabíamos calcularlo. La subida hasta aquella pequeña gran cima no tendría más de un kilómetro, el que separaba el quiosco de mi calle con la verja de un depósito de agua municipal.

Era verano, aunque no necesariamente. En La 2 de Televisión Española Perico intentaba contener el sopor de las etapas llanas. Mi padre roncaba como un cosaco mientras yo dormitaba intentando espabilarme en el momento justo para ver quién ganaba el esprint. Cipollini, quizás. Una frugal merienda: algo de bollería industrial, Cola Cao… y a coger la bici. Abajo me esperaba mi vecino Sergio. Salida desde el quiosco, falso llano y un ligero repecho hasta llegar a la subida.

Me levantaba de la bici, pesada como ella sola, y subía a golpe de riñón. Me dejaba la vida en cada pedalada. Sergio se quedaba atrás. El maillot de lunares era mío, aunque llevase la camiseta de una caja de ahorros. Luego, la bajada. Yo, y mi habitual miedo. No soltaba el freno. Mi acompañante, más pesado, se dejaba caer a tumba abierta y en unos segundos me adelantaba, recuperando con una facilidad pasmosa los metros que le había sacado con un sufrimiento inhumano. Llegaba el primero al punto que habíamos establecido como meta, frente al portal de nuestras casas. La misma historia, un día tras otro. Hasta que me cansé de perder.

Subiendo como el Chava Jiménez. Golpe de riñón. Gorrita Nike puesta al revés, por lo de la aerodinámica. Premio de la montaña, como siempre. Aquel día me lancé hacia abajo como “el loco de los Pirineos”. Por primera vez lideraba el descenso. Pero me entraron las dudas al ver arena sobre la calzada. Frené de golpe. El miedo de nuevo, la jindama. Las ruedas temblaron. La delantera encalló en un bache. Salí volando, golpeándome ligeramente en la frente tras un aterrizaje forzoso.

Me eché Aquarius en las rodillas magulladas. No llevaba agua en el bidón, sino ese mejunje azucarado que me convirtió en un ser pegajoso. Llegué a casa vencido y humillado. Me quité la gorra ante el espejo: la hebilla metálica se había partido al golpear el suelo. El símbolo de la marca deportiva se me quedó varias horas marcado en la cara como testimonio de aquella derrota.

La primera vez que oí la palabra “ciclismo” fue en la salita de casa de mis padres. Rodeado de libros, jugaba con un walkman. Sintonicé una voz que me resultó pegadiza: “Pruden Induráin, Melchor Mauri…”. Era Javier Ares. No entendía nada, pero me quedé escuchando. Puede, por mis cálculos actuales, que fuese el Tour de 1994.

Porque mi siguiente recuerdo, ya aficionado a seguir las retransmisiones por televisión, fue el último Tour que ganó Induráin en 1995. El paseo final por los Campos Elíseos, las azafatas confirmando la victoria. El amarillo. Luego vino el mundial de Colombia. Olano como promesa de lo que nunca fue. El abandono en la vuelta. El drama. La ausencia. García por las noches comentando la jugada. Yo tenía diez años.

En mi mente se escucha todavía a Pedro González con su magnífico bigote: «Laurent Brochard, Alex Zülle…” Una y otra vez, en bucle, como si los dos ciclistas estuviesen pasando una eternidad en un pelotón maldito. Siempre juntos, uno tras otro, año tras año. Me tragaba todas las grandes, alguna clásica, las contrarrelojes de los mundiales y de las olimpiadas, y salía después a pelearme con la maldita cuesta.

Luego llegaron los compañeros de clase. Íbamos con las bicicletas de bar en bar pidiendo chapas, para tunearlas en ciclistas profesionales que competían en el patio del colegio. Yo me hice una de Escartín, que era mi español favorito por entonces. De los extranjeros solo me gustaba Jalabert, que era como un príncipe de la mediocridad.

Ya de adolescente, vi que las piernas no me daban para nada. Así, no voy a investigar ese dato, me convertí en el primer ciclista en fingir una caída. Cuando los compañeros de escapada se acercaron fui franco: «no me he caído, me he tirado». Fui el Neymar del ciclismo, cuando Neymar todavía no era Neymar. Simplemente, no podía más.

Entonces, más o menos, llegó un matón de Texas que empezó a ganar el Tour una y otra vez. El fantasma de la EPO ya había arrasado con buena parte del deporte, los de Festina en el Marca como si fuesen Pablo Escobar, pero Lance Armstrong acabó con todo: primero redujo el deporte a la ronda gala, luego nos aburrió con su tiranía tramposa. Con Contador, a mí me gustaba más Roberto Heras, otro caído, ya todo estaba bajo sospecha.

Ahora no me sé los nombres de los ciclistas, pero no hay día que no me acuerde de la cuesta. A veces la visito a escondidas. Hay noches que sueño con una carretera borrada por la niebla. Con Zülle con las gafas empañadas, con Pantani subiendo como un cohete y con un Chava al ataque, siempre al ataque, dando su vida a cambio del aplauso del público. La gloria era un nombre pintado sobre el alquitrán.

De todo aquello solo quedan sombras en el recuerdo y las orondas figuras de los supervivientes recordando anécdotas en un canal de YouTube. Prometo ver el próximo Tour.


Banda sonora del texto:


Commenti

Post popolari in questo blog

I 100 cattivi del calcio

Echoes' Cycling Biography #4: Jean-Pierre Monseré

Chi sono Augusto e Giorgio Perfetti, i fratelli nella Top 10 dei più ricchi d’Italia?