No se va, Leo no se va


JUANO TESONE

En una noche repleta de emociones, ante 90 mil personas que colmaron el Monumental, el mejor futbolista del mundo cerró su ciclo en la Selección Argentina, a 21 años de su debut. El 3-0 en el amistoso sobre Benín sirvió como despedida con goles de Otamendi, Nico Paz y el propio Messi, de penal. Se va con récords de títulos y goles inigualables. 

Leo se despidió en un Monumental repleto que lo ovacionó y lo hizo emocionar. 
Convirtió el gol que todos esperaban y regaló dos. 
Después habló a corazón abierto y la cancha se vino abajo.

Messi, una huella para siempre: 
la noche en que abrazó a todo un país 
y le dijo adiós a la Selección

7 ott 2026 - Clarín
Martín Voogd - mvoogd@clarin.com

La vida son momentos. Son emociones. Nadie recuerda la película entera. Es imposible. Las emociones se sienten. No se explican. Las fuertes, incluso, dejan huella. Y eso es Lionel Messi para los argentinos: una emoción enorme que dejó una huella enorme. Messi atravesó nuestras vidas. Atravesó los últimos 20 años de nuestras vidas. Y ahora empezó a decir adiós. Ya no se lo verá más vestido de celeste y blanco. Cuesta digerir que en esta noche fría de primavera, en la cancha de River, haya cerrado su tan trajinada como maravillosa historia con la Argentina. Fueron 90 mil los que tuvieron la suerte de irlo a abrazar al Monumental. Y él los abrazó a todos con un gol, dos asistencias y un mensaje inolvidable. “Estoy hablando más que nunca. No quiero dejar la cancha. Decirles que los quiero. Soy un agradecido de ser argentino y haber cumplido el sueño con todos ustedes”, soltó. Es al revés, maestro. Todo un país es el que te dice gracias.

La vida son momentos. Messi lloró a moco tendido contra una de las ventanillas del micro que desde el predio de Ezeiza surca la Riccheri rumbo al Monumental. Fue un ritual que no volverá a vivir. La imagen del dron se viralizó a la velocidad de las redes sociales. La imagen nos hace llorar a todos. ¿Habrá alguna vez uno mejor que él?

Messi, con trote cansino, sonríe como si fuese su primera vez con la Selección Argentina cuando encabeza la fila que pisa el campo de juego para hacer la entrada en calor. Trata de disfrutar el momento. Rodrigo De Paul lo escolta como siempre. Los separan apenas tres metros. Se miran. Le saca una carcajada. Todos queremos reír con él. ¿Y cómo no hacerlo? Si fue el principal motor de la felicidad de un país que aburre con sus malas noticias y sus crisis en loop.

Messi saluda a todos camino a la cancha. Sabe que todos lo quieren saludar. Y se toma su tiempo. Los últimos abrazos en la previa de la última función se los llevan sus tres hijos. Va por orden de estatura. Primero Ciro. Luego Mateo. Y al final Thiago, el más grande y el que más entiende, como todos nosotros, que no verá más a su papá vestido de Selección.

Messi no cantó el himno. Y no porque no se lo sepa, como decían algunos insolentes. No pudo. Un nudo en la garganta, la cabeza a mil revoluciones. Tal vez no quiso lagrimear porque tenía a su lado, como guardianes, a sus chicos. El Dibu Martínez, a su izquierda, se dio cuenta y, con la empatía de un amigo, le apretó el cuello con el pulgar y el índice de la mano derecha en un gesto fraternal. Aguantó hasta el “¡Oh, juremos con gloria morir!”. Ahí estalló. Fue otra emoción de la noche de las emociones. Y vendrían más. Obvio.

Tocó la primera pelota a los 39 segundos. Se la dio Alexis Mac Allister, que seguramente podrá jactarse de ese dato minúsculo cuando sea abuelo. Si antes siempre se la querían dar a Messi porque siempre hay que dársela al que más sabe, ahora se la querían dar aún más. Todos querían que Leo metiera un gol.

Lo buscó de afuera hacia adentro y se encontró con las manos de Marcel Dandjinou. A los 10 minutos, el partido se detuvo para homenajear al 10. Messi, incómodo pero agradecido, devolvió la ovación con los brazos en alto.

Messi quería su gol. Todos lo queríamos. Probó de tiro libre, cambió de lado un córner y buscó el olímpico. El viento no ayudó. Había que esperar. Si alguien supo esperar fue Messi.

Primero regaló asistencias: una para Otamendi, el otro gigante de despedida, y otra para Nico Paz, el heredero. Recibió en la puerta del área, enganchó para adentro y sacó el zurdazo al segundo palo. ¿Les suena?

Messi necesitaba su gol. Todos lo necesitábamos. Y por fin llegó. Le hicieron foul a Giay dentro del área. ¿Y quién le iba a sacar la pelota a Leo? Dandjinou no tuvo chances. Cordonazo al techo del arco para que la noche fuera redonda. Todos lo fueron a abrazar junto a un palo. Lo rodearon y empezaron a saltar como un grupo de chicos de papi fútbol. Después quedó solo y no faltó el saludo a la abuela Celia y a papá Jorge. La cancha se vino abajo.

Al final tuvo otro tiro libre y la pelota se fue lejos. Messi se tomó la cabeza y el árbitro se la entregó. A todos nos hubiese gustado que terminara en el arco. Pero ni siquiera Messi pudo elegir el final perfecto.

Las emociones no se detuvieron. Un show de drones iluminó al Monumental y conmovió a pesar de la publicidad inicial que despertó una silbatina. La sacó más barata que Chiqui Tapia. El presidente de la AFA fue castigado con insultos desde temprano. Ni siquiera la fiesta de Messi pudo tapar del todo el enojo de la gente. Son momentos. Son emociones. Por suerte llegó Soledad y apagó las broncas con su “Brindis”, que tanto le gusta a Leo.

Y después llegó la palabra de Messi. Tenía ganas de hablar, con el corazón en la mano. “En lo primero que pienso es en mi viejo. No me queda más que agradecer, fue un orgullo muy grande para mí defender esta camiseta durante estos 20 años, hasta en los peores momentos que hemos tenido. Nunca dejé de luchar, de pelear, de dar lo máximo. No venir más va a ser un dolor muy grande. Me gustaría hacerlo toda la vida, porque les juro que es lo más lindo que te puede pasar”, arrancó.

Enzo Fernández no podía parar de llorar. Antonela y sus hijos lo miraban con devoción. Como todos, claro.

Y siguió: “Siento que es el momento, que el último Mundial ya fue demasiado. Pudimos cumplir el sueño de volver a ser campeones del mundo”. También recordó que estuvieron cerca otra vez y que no hubo nada raro, apenas desgaste, pelea y un grupo que llegó con lo justo. Leo siguió emocionando.

“Hoy acá me toca vivir el día más triste de mi carrera. Decirle adiós a la Selección. Pero ahora voy a estar del otro lado, con todos ustedes, bancando a estos chicos y a todos los que vengan, siempre unidos. Quedó demostrado que cuando nosotros nos juntamos y estamos unidos superamos cualquier cosa”, dijo.

Volvió a explotar el Monumental. Hubo vuelta olímpica, música y fiesta. Pero ya nada importaba demasiado. La noche había encontrado su sentido mucho antes, en esos ojos llorosos, en ese abrazo colectivo, en ese hombre que quiso quedarse un rato más adentro de la cancha porque sabía que salir también era cerrar una vida. La vida son momentos. Y este, como tantos otros que nos regaló Messi, no se va a olvidar. Quedará ahí, suspendido, como quedan las cosas grandes: no por lo que se cuenta de ellas, sino por lo que todavía hacen sentir cuando ya pasaron. Esa será, quizá, la última victoria de Messi con la Selección: haberse ido sin irse del todo. Siempre.

***


Los grandes también lloran. Lionel Messi vivió a flor de piel todo lo que rodeó al partido. 
Se emocionó e hizo emocionar a todos, en la cancha o frente al televisor.

Permanecer dos décadas en la cumbre de un deporte parece un récord inigualable.

El hombre que regaló tanta felicidad

7 Oct 2026 - Clarín
Luis Vinker lvinker@clarin.com

Un juego como el de anoche sin el rigor de los puntos o la competición ya no cambia nada, queda apenas como una formalidad y como el último aporte estadístico. Lo que vivió el estadio en Núñez -y un sentimiento que puede extenderse por toda nuestra geografía, y más allá- es simplemente el adiós. El punto final a una carrera fantástica como la de Leo Messi en la Selección Argentina y que, al igual que otros héroes del deporte y de distintas disciplinas, colocaron una vara tan alta que resulta inimaginable que alguien la iguale en los tiempos que vienen. El Messi de 39 años que se despide de la albiceleste -a la que llevó a una corona del mundo y otras dos finales, además de dos Copas América y decenas de triunfos como el oro olímpico y el Mundial juvenil- es el Messi de un vendaval: el que pasa el día a día en una liga más acorde a su edad, pero el mismo Messi que ofreció un nivel notable en el Mundial USA, aunque haya faltado la pincelada del último día. Es el mismo Messi que atravesó el dolor infinito de la pérdida de su padre y que ahora, con el cierre definitivo de su ciclo futbolístico en el horizonte, se despide de la Selección rodeado por el fervor de su pueblo.

Es el Messi que agotó todos los adjetivos, el que vivió durante dos décadas como primera figura mundial (y eso sí, es algo que ninguna otra estrella en su deporte había registrado). Es, a la vez, el hombre que se sobrepuso a todo y alcanzó la cumbre de su rendimiento futbolístico cuando ya parecía impensable. ¿Cuánta experiencia, cuántos consejeros de confianza, cuántos tropiezos, cuánta calma hay que tener para llamarse Messi, establecer esos récords y no confundirse? Solo una figura así -sin divismos, sin grietas, sin autoglorificación y sin prepotencia- puede ser un espejo para nuestros chicos, cualquiera sea su ilusión personal.

El último ciclo de Messi con la Selección Argentina, ese que atraviesa desde 2018 y la gloria de Qatar hasta sus dos pases magistrales que abrieron la victoria sobre los ingleses en la semifinal, permanecerá como una página de leyenda en nuestro deporte. La magia del juego de Messi, el vértigo de su arranque y su imagen fueron retratadas por escritores, periodistas y personalidades del fútbol. En todo el mundo. Uno de aquellos libros (“Todo Messi y más”, del español Jordi Punti) ya describía -entre tanta admiraciónuna colección de 600 adjetivos que se habían acumulado para definir el fútbol de Messi. Eso sucedía hace más de una década, cuando ya se planteaba: “¿Cómo seremos nosotros después de Messi? Desde que Leo Messi llegó al FC Barcelona con trece años, su dimensión futbolística ha crecido hasta convertirse en el mejor jugador de todos los tiempos. Messi nos ha hecho felices muchas veces, y estos ejercicios de estilo son un intento de redondear y prolongar esa felicidad”.

Si fue así en el Barcelona que lo recibió de chico, también lo fue en nuestra Selección en la que había debutado en 2005.

En definitiva, más allá de esos récords o de partidos que ingresarán al territorio de la leyenda, lo cierto es que pocos (o ningún personaje), como Lionel Andrés Messi, fueron capaces de ofrecerles felicidad a millones de argentinos a lo largo de las últimas dos décadas. Especialmente para los chicos y los jóvenes de esas décadas, y seguramente para muchos más, estos serán -y no solo en términos fútbolísticos“nuestros años felices”.


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